Memorias de África
De los fascículos de Félix Rodríguez de la Fuente a la Reserva del Masai Mara: el safari que Jairo soñó de niño y que, en 2010, se volvió también el de sus hijos.
Desde nuestra época de novios, Jairo me contó que cuando tenía diez años y cursaba Quinto de Primaria, en Bogotá comenzaron a vender quincenalmente los fascículos de la Enciclopedia de la Fauna de Félix Rodríguez de la Fuente. Una vez se completaban los correspondientes a un tomo, se vendía la cubierta a fin de poderlo encuadernar. Los tres primeros volúmenes corresponden a África y fue allí donde descubrió la existencia de animales que antes no había siquiera oído nombrar (ni yo tampoco): el Guepardo, el facocero, el hipotrago negro, los ñus. No alcanzó en ese momento a completar la enciclopedia, pues su padre fue trasladado junto con su familia a los Estados Unidos, pero siempre deseó encontrar los ejemplares que le quedaron faltando.
Me contaba que cuando hablaba de estos animales a sus compañeros de colegio ninguno le creía. Cuando hablaba de los guepardos todos lo corregían y le decían que no era guepardo, sino leopardo.
Nadie había oído hablar de los impalas, la gacela de Thompson y el dik-dik. Ya casados, cuando empezamos a armar nuestra biblioteca, a todo vendedor de libros que encontrábamos le preguntaba por la enciclopedia Fauna, hasta que finalmente pudo conseguirla. Es uno de nuestros tesoros. Cuando Juanes era niño se sentaba todas las mañanas a leerle y mostrarle estos animales, contagiándole de tal manera esta pasión, que nuestro hijo mayor a los ocho años sabía todos los órdenes de mamíferos incluyendo monotremas, ungulados y no sé qué otros más.
El viaje que no estaba previsto
Luego de ser trasladados a la ciudad de El Cairo en Egipto, consideré llegado el momento de viajar con la familia durante las vacaciones de verano a recorrer Madrid, donde vivía mi hermano menor desde finales de los noventa, y de ser posible conocer París o alguna otra capital europea. Hice muchos planes, incluso compré anticipadamente los tiquetes aéreos y contraté algún tour.
Con lo que no contaba y no preví, era con el tiempo necesario para obtener el visado para poder viajar. Por aquel entonces a los colombianos nos exigían visa en prácticamente el mundo entero. A los egipcios también, así que cuando fui a solicitar una cita para tramitar la solicitud ya no había ninguna disponible. Mi frustración fue enorme. Quedé tan aburrida y decepcionada que no se me ocurría qué hacer. Por fortuna mi marido tomó las riendas del asunto, contactó una Agencia Turística en la zona donde residíamos, y en un abrir y cerrar de ojos organizó el viaje con el que había soñado desde niño y que para entonces ya también lo era para nuestros hijos: un safari en África.
Fue así como en julio del año 2010 viajamos al África Meridional y más exactamente a Kenia. Arribamos a Nairobi donde en el mismo aeropuerto nos esperaba el guía que nos acompañó a lo largo de toda la semana. Era muy agradable tener la pequeña Van y el conductor a nuestra disposición todo el tiempo. Kenia al ser un país ubicado en la línea ecuatorial tiene una geografía muy similar a la de Colombia. Recorrer el país de un lado a otro por montañas, valles y llanos fue como volver por un momento a nuestra tierra. Los mismos tonos de verde, la misma sensación de inmensidad, hubo pasajes del recorrido en que me sentía viajando entre Fusagasugá y Bogotá o por la zona cafetera.
Mount Kenia National Park
El día de nuestra llegada partimos hacia el Mount Kenia National Park, ubicado en las montañas. Todos los alojamientos fueron espectaculares y con una decoración particular dependiendo del lugar y de los animales que allí se podían encontrar. En este primer parque vimos una manada de elefantes bebiendo en una fuente de agua y un pozo, que estaban ubicados enfrente de las ventanas del hotel. Era de no creer el estar recostado en tu cama y mirar a través de la ventana a los elefantes bebiendo o pastando tranquilamente. El hotel estaba construido totalmente en madera y parecía un refugio de montaña. Llovió durante toda la noche lo cual resultó sumamente grato para nosotros. En El Cairo llueve dos o tres veces por año y sólo pequeñas lloviznas que no pasan de diez minutos. Volver a escuchar el sonido de la lluvia mientras duermes fue muy placentero y me hizo sentirme en Bogotá donde es tan usual que llueva por muchas horas.
Las sabanas
El segundo día descendimos a las sabanas, cruzamos la línea del Ecuador (allí aprendí que la latitud influye de manera diferente en cada hemisferio) y nos hospedamos en un hotel hermoso donde cada habitación era una carpa inmensa y por dentro como una casita pequeña. Desde el ingreso a este lugar pudimos observar jirafas, búfalos, cervatillos y facoceros. Tenía una pequeña laguna en el centro donde al atardecer iban a tomar agua las jirafas. Era un completo espectáculo salir de la carpa para ir a cenar y ver una docena de jirafas con sus patas muy abiertas inclinando su largo cuello para poder beber agua. Juanes me explicó que este es el momento en que son más vulnerables por la posición que tienen que adoptar. En la noche los chicos junto a su padre fueron a un safari nocturno donde vieron a una leona en plena cacería. La que caza es la leona, no el león. Yo preferí quedarme en el hotel pues hacía frío. Algo que me agradó mucho es que a primeras horas de la noche colocaban dentro de las camas una bolsa de agua caliente, así que al regresar de cenar la encontrabas calientita.
Thompson's Falls y el Lago Nakuru
El tercer día visitamos Thompson's Falls, uno de los puntos donde se origina el Gran Valle de Rift, e hicimos un tour por el Lago Nakuru, una de las más grandes reservas de flamencos rosados del planeta.
Es muy bello ver esa cantidad inimaginable de aves cubriendo la orilla del lago como una nube rosada. Allí encontramos también una manada de cebras deambulando. Pasan a tu lado como si cualquier cosa.
La Reserva del Masai Mara
Finalmente viajamos a la gran sabana donde está ubicada la Reserva del Masai Mara, hogar de leones, elefantes, búfalos, guepardos, cebras, impalas, ñus, cocodrilos del Nilo, hipopótamos, gacelas, etc. No podría describir adecuadamente lo que fue recorrer este lugar encontrando a cada paso animales que sólo vemos en los libros o programas de televisión, y ni que decir lo que fue contemplar la gran manada en su migración anual.
Creo que para Jairo este fue el momento más emocionante, pues el relato de este recorrido lo había leído innumerables veces en su infancia, en el lenguaje poético e inspirado que caracteriza las descripciones de Félix Rodríguez de la Fuente. También para los chicos, que crecieron con la música y la película de El Rey León y que, a través de las lecturas y relatos de su padre, soñaban con conocer la fauna africana. Sin saberlo, se cerraba un círculo muy hermoso: la realización de un sueño transmitido de padres a hijos.
Dentro de mis viajes pendientes no había incluido este tipo de destino, pero para mis tres hombres, en cambio, era un sueño anhelado. Fue muy grato compartir con ellos toda su emoción, y, adicionalmente para mi sorpresa, descubrir y disfrutar de una experiencia tan maravillosa e inolvidable.
Creo también que fue el momento oportuno para hacerlo. La verdad es que estar por una semana, día tras día, metidos en un coche, andando de un lado a otro en promedio siete u ocho horas, resulta bastante agotador. Con algunos años más, difícilmente lo resistiría.
Octubre 17/2010
El texto original lo escribí en octubre de 2010. Hoy, 2026, ese viaje ocupa un lugar muy especial en mi vida, en mi historia, en mi memoria.
Hay recuerdos que el tiempo transforma en algo más, en momentos únicos e irrepetibles. Este es uno de ellos.