Paisaje Lunar
Abu Simbel, el oasis de Bahariya y una Noche Vieja en el Desierto Blanco: las últimas vacaciones en Egipto, en un paisaje que parecía la luna.
En diciembre celebramos con algunas familias amigas la navidad, y teniendo en cuenta que las vacaciones de fin de año eran las últimas que pasaríamos en Egipto, aprovechamos a viajar a los lugares que aún teníamos pendientes en este país. Fue así como visitamos Abu Simbel, el Oasis de Bahariya, los desiertos negro y blanco (donde pasamos la Noche Vieja), y los museos y cementerios del Alamein.
Abu Simbel
Los Templos de Abu Simbel son impresionantes, como todos los restos arqueológicos que se encuentran a lo largo del país de Norte a Sur y de Este a Oeste. Estos templos fueron trasladados pieza a pieza a este lugar cuando se construyó la represa de Asuán. El Templo de Ramses II, dedicado al faraón del mismo nombre, muestra en su fachada cuatro estatuas sedentes del propio soberano, de más de 10 metros de altura cada una de ellas. El de Nefertari, su esposa, enseña en su frontispicio las estatuas de seis colosos: cuatro de Ramses II y dos de la reina, y es uno de los pocos grandes templos del Imperio Egipcio construidos en honor de una mujer.
Es realmente increíble imaginar cómo fue posible que en el siglo XIII antes de Cristo se hayan podido construir templos, efigies, pirámides, de tan monumental tamaño, con una belleza y precisión en los detalles como la que tienen estos lugares. Soy amante de la escultura y cazadora de figuras talladas en piedra, (no solo en mármol), y para mí estos templos y figuras excavados en la roca, forman parte de la máxima expresión de este arte.
El Oasis de Bahariya
Luego visitamos el Oasis de Bahariya. Fue una revelación sorprendente para mí ver que no correspondía, en lo más mínimo, a la imagen preconcebida que tenía, —y que creo influenciada por las películas de Hollywood,— tres palmeras y un pequeño pozo de agua. Pues no, es una zona inmensa y llena de vegetación, que usualmente tiene una extensión de unos 2000 kms cuadrados.
El Sáhara
A continuación, recorrimos el Sáhara. Durante toda mi vida escuché hablar del Desierto del Sahara. Al llegar a Egipto me enteré de que esta expresión es una completa redundancia. Sahara o Sáhara, significa desierto en árabe. En la primera parte del trayecto encontramos la imagen típica del desierto: montañas de arena en tonos amarillos y dorados. Fue muy divertido deslizarnos y dejarnos rodar por las dunas.
Luego y para nuestra sorpresa pasear por el Desierto Negro. Una extensión de origen volcánico que se caracteriza por sus rocas negras de basalto, lo que tiñe todo el paisaje de este color. Como punto final del recorrido llegamos a un lugar que resultó mágico, casi irreal: el desierto blanco. Una maravilla de la naturaleza.
Me daba la sensación de estar caminando sobre la luna.
Esa fue mi impresión, por el blanco resplandeciente de su suelo y las increíbles y surrealistas formaciones de piedra caliza y arenisca blanca. No entiendo por qué razón, este lugar no es promocionado a nivel turístico como un destino imperdible para quien visita Egipto.
Noche Vieja
No habríamos podido celebrar de manera más única y especial, nuestra última Noche Vieja en la tierra de los faraones. El guía que nos recogió en el hotel en el Oasis de Bahariya, y quien estaría a cargo de nosotros durante nuestro viaje por el desierto, era un hombre joven y con aspecto de beduino. Portó en su todoterreno nuestro equipaje y nuestros sacos de dormir, pues pasaríamos la noche en una tienda de campaña en el corazón del Desierto Blanco.
Al llegar allí, y mientras recorríamos el lugar, él montó las tiendas y prendió una fogata, sobre la que colocó una rejilla para poder elaborar nuestra cena. No recuerdo qué platos preparó pues fueron varios, solo que mientras comíamos alrededor de una mesa baja, sentados en el suelo, nos contó que había sido su madre quien le había enseñado a cocinar. Nos entregó unas cobijas muy gruesas y pesadas, elaboradas con pelo de cabra. Yo descarté usarlas sin imaginar que después de medianoche haría mucho frío. Inconscientemente pensaba que en el desierto siempre hace calor, pero no es así, puede incluso llegar a nevar.
Nunca olvidaré lo que fue iniciar el año contemplando el cielo antes del amanecer. No sé qué efecto óptico tiene el desierto, pero sentía la bóveda celeste al alcance de mi mano, que podía estirar mi brazo y tocar las estrellas. Fue una manera única, fantástica de comenzar el 2012.
La visita al Alamein y sus cementerios queda para otra ocasión, pues es largo de contar.
Enero 12/2012