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Reflexiones en femenino · Milán, 29 de diciembre de 2019

Sentada sobre el miedo

Encontrar nuestro lugar en el mundo, las canciones de Silvio Rodríguez, un diario a los doce años y el martes en que la vida se partió en dos.

Alexandra joven, sentada en su escritorio, con el mentón apoyado en la mano, rodeada de muñecas, plumas y revistas

No resulta fácil encontrar nuestro lugar en el mundo. Con ello me refiero a sentirnos bien con nosotros mismos, satisfechos con quienes somos y cómo somos. Sabernos y sentirnos aceptados, adecuados, sin importar las circunstancias, sin que nos afecte en demasía el exterior, la opinión y/o aprobación de los demás. Por lo menos así ha sido para mí.

Gasté tanto tiempo, tanta energía, tantos esfuerzos vanos, tratando de ser yo misma mientras a la vez intentaba responder a las expectativas de los demás; al deber ser de lo que se esperaba de mí, de lo que me correspondía conforme a mi edad, género, nivel económico y social, a lo que debía ser una «niña decente y de buena familia». Y en ese intento no sé cuántas veces me traicioné.

La familia, la propiedad privada y el amor

En mis años de juventud y universidad se pusieron de moda las canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Todos cantábamos en los años 80 «La Masa», «Mi Unicornio Azul», «Yolanda», «El breve espacio en que no estás». Para mí la canción más reveladora fue y sigue siendo «La familia, la propiedad privada y el amor». Me identifiqué con ella desde el día en que la escuché. Y así sigue siendo hasta hoy. El cuestionamiento que me generó da origen a mi relato.

La familia, la propiedad privada y el amor

Tú, tenías lazos blancos en la piel.
Tú, tenías precio puesto desde ayer.
Tú, valías cuatro cuños de la ley.
Tú, sentada sobre el miedo,
Sentada sobre el miedo,
Sentada sobre el miedo… de correr.

Silvio Rodríguez

Con mis escritos no pretendo nada diferente a compartir mi experiencia de vida. Los que me conocen y han caminado conmigo a lo largo de los años o en un trayecto de la senda, saben que no ha sido fácil, que en esta dimensión física y terrena lo normal y cotidiano es que tropieces, que en ocasiones tus sueños se rompan, que hay mil motivos para ser feliz, sentirte agradecido, bendecido y privilegiado, que muchos de tus sueños pueden hacerse realidad, pero que así mismo hay momentos de dolor, de tristeza, de frustración, de desesperanza, de pérdida, de impotencia, incluso de absoluta derrota.

Creo de todas maneras que la vida vale la pena. Que, a pesar de todo, la vida es bella, (como lo expresa de manera tan hermosa la película de Roberto Benigni y la canción de Miguel Bosé y Noa). Te da la oportunidad de hacer realidad tus sueños, y aquellas cosas, metas, propósitos, que no lograste alcanzar, si los sabes encauzar o entender, constituirán las mayores lecciones de tu vida, las más valiosas oportunidades de crecer, aprender, madurar, trascender…

Un diario a los doce

Mi deseo y necesidad de escribir no tuvo su origen con la partida de mi hijo, mis escritos me han acompañado y sostenido toda la vida. Desde aquella fiesta de celebración de mis 12 años en 1977 cuando recibí como regalo un diario. Empecé a escribir desde entonces y lo sigo haciendo ahora.

Fiesta de los doce años, 1977: un grupo de jóvenes reunidos en el salón de la casa
1977. La fiesta de mis doce años. Allí recibí como regalo un diario. Empecé a escribir desde entonces.

Tengo 54 años. En muchos sentidos aún no soy consciente por completo de esta cifra. Jamás le he dado mayor relevancia, jamás he tenido problema en declarar los años que tengo sin miedo a ser descalificada o tachada de vieja. Mi corazón y mi espíritu siguen siendo jóvenes. Me siento de 40. Y en muchos aspectos es esa mi verdadera edad (a nivel intelectual, a nivel musical, en relación con video juegos, películas; pregúntenle a mis profesores y compañeros de clase en los cursos de idiomas, teología, etc., que he tomado después de alcanzar esa edad). La mayor del curso usualmente, pero con un promedio académico que no tiene nada que envidiar a los más jóvenes de la clase. Incluso en algunos aspectos la mejor, la que más participa, la que siempre hace sus deberes, la Nerd; a mucho orgullo.

Puede sonar soberbio, aunque para mí es simplemente el reconocimiento de lo que soy, de lo que valgo. Nunca me he conformado con lo establecido, nunca he renunciado a ser quien soy y cómo soy. Reconozco y valoro mi inteligencia, mi capacidad para adaptarme, para manejar muchas situaciones en simultánea. Soy intuitiva por naturaleza, así que hay cosas que comprendo y entiendo aún antes de tener acceso a toda la información en relación con… Soy fuerte, decidida, arriesgada, aventurera, muchas de estas cualidades las heredé de mi madre. Ojalá tuviese la oportunidad de decírselo, pero lamentablemente ya no se encuentra entre nosotros, y aunque en ocasiones le expresé mi agradecimiento por hacer de mí quien soy, creo que nunca lo hice por completo, de la manera en que quisiera hacerlo hoy.

Veintisiete y veintisiete

Cuando divido mi edad actual en dos, me encuentro con que la mitad de mi vida hasta ahora fueron mis 27 años. Resulta ser una cifra muy significativa sin lugar a duda. A mis 27 años mi vida cambió por completo: a esa edad me casé, tuve mi primer hijo; llevo 27 años de matrimonio y mi hijo mayor cumpliría 27 años el 14 de enero próximo.

Alexandra del brazo de su padre, frente a la iglesia, el día de su boda
A los 27. Del brazo de mi padre, el día en que mi vida cambió por completo.

Tantas cosas que decir de mis primeros 27 años, tanto igualmente que compartir de los 27 siguientes… ¿Dónde comenzar? Creo que, ese martes de septiembre de 2018, día en que mi vida se partió en dos, en un antes y un después, en un viaje sin retorno, y que me llevó a estar de nuevo sentada sobre el miedo.

Tú, sentada sobre el miedo… de correr.

Diciembre 29/2019

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