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Reflexiones en femenino · Milán, 15 de febrero de 2014

De reinas, princesas y madrinas

De la sillita al lado del pupitre de mi hermano al reinado del Colegio Lisa Meitner, la fiesta en nuestra casa de la calle 74 y, años después, un día en que me sentí reina del universo entero.

Fotografía de época evocando la estética de los reinados de belleza colombianos de los años 70

Fui matriculada en la escuela de manera prematura. La razón: mi hermano mayor lloraba inconsolablemente ante la idea de quedarse solo en un lugar para él desconocido, así que la solución fue que yo lo acompañase.

No tengo certeza de qué año era. ¿1968, 1969? Supongo que este último. Aún vivíamos en el centro de la ciudad y no tengo idea del nombre del colegio al que asistía; sólo recuerdo verme sentada en una sillita al lado del pupitre de mi hermano — que para entonces tendría 5 o 6 años —, coloreando con el color pollito — amarillo — de una caja de colores Lancero.

Poco tiempo después nos mudamos al barrio San Felipe, al norte de Bogotá. Al establecernos en esta nueva zona, me veo asistiendo al colegio de manera formal cursando Kínder (1970). Al año siguiente se organizó un reinado de belleza en el Colegio Lisa Meitner, donde estudiábamos (mi hermano y yo; mi hermana menor aún no había ingresado al colegio).

Fui elegida de manera unánime por mis compañeros como reina del curso y me sentí feliz y orgullosa de ser la candidata de Primero de Primaria.

Nuestra cultura colombiana está marcada por los reinados. En mi país hay reinas para todo: Reina Nacional, Reina del Mar, Reina del Bambuco, Reina del Café, Reina del Turismo, Reina de la Panela, Reina de las flores… La más importante, sin lugar a dudas, era la Reina Nacional de belleza elegida en las fiestas de noviembre en Cartagena — la Señorita Colombia, quien tenía el derecho a participar en Miss Universo.

Creo que después de que Trump se hiciera dueño del concurso esto cambió, pero en mi infancia, adolescencia y juventud, ser Miss Colombia era una meta, un sueño anhelado, un logro máximo para la jovencita que se alzara con este título — así lo vi y viví con las elecciones de Ana Lucía Agudelo, Ella Cecilia Escandón, María Helena Reyes, Shirley Sáenz, Nini Johanna Soto, Susana Caldas, Patricia López Ruíz, María Mónica Urbina, Paola Turbay, Paula Andrea Betancourt, Carolina Gómez, Paulina Vega.

Pero volviendo al punto inicial, a mi elección como representante del grado Primero en el reinado, puedo decir que me sentí feliz y realizada a mis seis años. Lo que no entendía o no alcanzaba a comprender en ese entonces, era que la candidata que finalmente sería elegida reina del colegio no sería la más hermosa, la que más destacara por sus cualidades, sino simplemente la que más dinero pudiese recolectar. Creo que es igual en todos los reinados.

La fiesta en casa

A fin de recoger dinero, mis amorosos padres organizaron una enorme fiesta en nuestra casa. Desalojaron la sala, el comedor y la zona de la chimenea para que los participantes en la fiesta tuviesen donde bailar, y colocaron un mesón a la entrada de la cocina — que sirvió de barra para el expendio de comidas y bebidas.

El hermano menor de mi madre diseñó de su propia mano unos hermosos posters instando a votar por Alexandra 1ª. No tengo idea de cuál fue el resultado económico de esta actividad. Sólo recuerdo que la casa se llenó de gente, que se bailó hasta las no sé cuántas de la madrugada y que el dinero recogido terminó en las arcas del colegio.

El desfile

Acto seguido me veo desfilando en la terraza del colegio — salón de actos —, con mi hermano mayor, Samuel, como edecán. Yo portaba un vestido muy lindo de fondo crema y pequeñas flores azules que habíamos ido a comprar con mi madre el día anterior al centro de la ciudad, y unas medias pantalón de encaje blanco.

Al leer el resultado de las sumas de dinero recogidas por cada curso, la ganadora resultó ser Patricia Restrepo del grado Cuarto de Primaria. (43 años después aún recuerdo su nombre, ja, ja, ja.) Quedé como Primera Princesa. He olvidado el nombre o curso de quien quedó como Virreina. Sólo recuerdo que me enojé con el resultado y, como muestra de mi enojo, decidí no sonreír en toda la ceremonia ni en ninguna de las fotografías que se tomaron a continuación y que aún conservo.

Alexandra niña, con vestido de flores y un gran ramo, durante el reinado escolar
Reinado Lisa Meitner. Candidata de Primero de Primaria, con el vestido de flores azules que compramos con mi madre y el ramo del desfile.

Veo hoy esas fotografías: mi madre muy joven y hermosa, elegantemente vestida y peinada a la moda de los años 70, con la directora del colegio muy seria y circunspecta; con mis hermanos Samuel — mi edecán — y mia sorellina — con su peinado de Pebbles con un huesito a modo de hebilla; la directora de mi curso, dos vecinas y amigas de mi madre, y yo, muy seria y con ceño fruncido a mis seis años, como candidata frustrada que ha perdido cetro y corona.

Fotografía grupal del reinado escolar de 1971: las mujeres adultas detrás y, delante, Alexandra con el ramo, Samuel de edecán y la hermana pequeña
Reinado 1971. Mi madre, la directora, Samuel — mi edecán —, mia sorellina, las vecinas… y yo, Primera Princesa, sin una sonrisa.

Nunca más volví a ser elegida candidata a un reinado de belleza y, según entiendo, los reinados quedaron prohibidos a nivel escolar por aquello de no incentivar aún más, como si de un valor se tratase, el imperativo para la mujer de tener medidas perfectas 90-60-90. Cuando cambié de colegio e ingresé a Nuestra Señora de la Consolación en el año 1973, pasé de ser cabeza de león a ser cola de ratón. ¿Cómo competir en belleza física con compañeras como A. O., CH. R. o L. C.?

Para mí, los reinados y concursos de belleza habían pasado a la historia. Sin embargo, tuve la oportunidad a los dieciséis años de participar de nuevo en un concurso, aunque esta vez no se hablaba de reinas sino de madrinas.

Madrina de curso

Mi primo O. S., que cursaba Cuarto de Bachillerato en el Colegio Masculino Jordán de Sajonia de padres Dominicos, se había comprometido con sus compañeros a llevar la Madrina que representaría su curso en las efemérides del colegio. No tengo idea de quién era la chica que había elegido; sólo sé que le quedó mal y que la noche anterior a la celebración me llamó a proponerme que fuese la madrina de su curso.

Por fortuna nunca he sido remilgada — de decir no, pues si no fui la primera opción no acepto, no quiero ser plato de segunda mesa —, así que acepté apoyada por mi madre, que en este tipo de cosas fue siempre incondicional, y al día siguiente falté al colegio — cursaba sexto de bachillerato — y muy temprano mi primo pasó a recogerme.

Lo recomiendo. Si alguna adolescente o mujer joven necesita una inyección de autoestima, que acepte ser madrina de curso en un colegio masculino. Éramos 6 mujeres — adolescentes —, con ene mil hombres — adolescentes — alrededor.

Fotografía grupal del reinado: madre, directora, Samuel como edecán, la hermana pequeña y Alexandra con expresión seria
Yo, adolescente. Una sonrisa despreocupada, el pelo de aquellos años y la casa familiar al fondo. Una fotografía que conserva, casi sin pretenderlo, un instante de aquella etapa en la que todavía quedaba tanto por vivir.

A primera hora tuvo lugar una eucaristía en la iglesia del colegio — hermosísima. Recuerdo muy especialmente la canción de la Comunión: Jesucristo, yo estoy aquí. Escucharla cantada por todos esos chicos y muchachos que aplaudían después de cada Jesucristo fue muy emocionante. Luego una procesión solemne por el patio del colegio encabezando el grupo que representábamos, con la banda del colegio tocando mientras marchábamos; un desfile por pasarela de madera donde nos lanzaban flores y piropos y, finalmente: la fiesta. Como bien dice mi marido, en Colombia todo acto de la naturaleza que sea tiene que terminar bailando.

Recuerdo que al sonar la primera canción treinta o no sé cuántos muchachos se acercaron a mí para invitarme a bailar. Terminé bailando en un círculo donde yo era el eje central. Bailé tanto que cuando salí de allí apenas si podía sostenerme. Mis rodillas temblaban y el cuerpo entero me dolía.

Sin lugar a duda ese día me sentí reina del universo, del mundo entero.

Los ojos del corazón

Aunque sea difícil de creer conforme a este relato, nunca me sentí especialmente hermosa. Siempre fui gordita y cachetona. Desde muy niña. Eso siempre me acomplejó. En una sociedad como la colombiana, donde el modelo de belleza es la mujer 90-60-90, yo nunca correspondí al prototipo. Nunca me he sentido «bien» en mi cuerpo.

Lo más irónico es que hoy en día, cuando miro mis fotografías — especialmente de joven, en los últimos años de colegio, en la época de la universidad y de mis primeros años de profesional — digo: ¡Guau, qué guapa eras! Pero en ese entonces nunca me sentí así. Esos kilos de más, que conforme a los cánones de belleza tenía, pesaron demasiado para mí.

Retrato de Alexandra adolescente, sonriendo con blusa azul claro
Aquellos años. Un retrato de mi juventud — cuando aún no me sentía «bien» en mi cuerpo, a pesar de lo que hoy veo al mirar atrás.

Ahora, a mis 49 años, creo sincera y honestamente que la carga que se nos ha impuesto a las mujeres de corresponder físicamente a un prototipo, a un ideal, a un modelo, es lo más absurdo, irracional e injusto que existe. Estamos en mora de rebelarnos y terminar con este tipo de eventos. Que los seres humanos — hombres y mujeres — aprendamos a fijarnos y valorar lo que realmente vale la pena, no lo efímero o superficial.

Hoy mi criterio de belleza es muy distinto. Hoy me esfuerzo por mirar y mirarme con los ojos del corazón.

Febrero 15/2014

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