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Memorias · Madrid, 2 de enero de 2021

La Casa

La inmensa casa del barrio San Felipe donde transcurrió mi infancia, adolescencia y juventud — y de la que salí para la iglesia el día de mi matrimonio. Físicamente ya no está, pero en mis sueños siempre aparece.

Fachada de la casa en la calle 74, con muro blanco, tejas y enredadera verde

En octubre del año 1969, mis padres — después de casi siete años de matrimonio y el nacimiento de tres hijos — adquirieron la enorme y bella casa en donde transcurrió mi infancia, adolescencia y juventud, y de la que salí para la iglesia el día de mi matrimonio.

Recuerdo como si fuese ayer nuestro traslado del centro de la ciudad a nuestro nuevo, inmenso y hermoso hogar en el barrio San Felipe.

Para ese entonces yo tenía cuatro años y medio, pero al evocarlo viene a mi memoria con absoluta claridad. La última noche en nuestra residencia anterior, dormimos sobre colchones colocados en el piso del cuarto principal. Las camas y muebles habían sido embalados y no nos permitían salir al patio — que quedaba en la segunda planta —, pues habían retirado la malla de protección y corríamos el riesgo de caer por la escalera que conducía al primer piso, donde se encontraban la cocina, el salón y el comedor.

El día de la mudanza, el tío A. (hermano mayor de mi madre), nos condujo en su inmenso coche de color verde claro a nuestra nueva casa en el norte de la ciudad. En el auto íbamos mis hermanos y yo en el asiento trasero y mi madre en el asiento delantero al lado de mi tío. Mi hermano mayor Samuel Antonio portaba nuestra gata Tomasina en su regazo — siempre fue un amante de los animales.

Al llegar a nuestro nuevo hogar recorrí afanosamente cada una de las estancias y finalmente me senté en una de las repisas zapateras del closet del cuarto principal. Lo recuerdo con absoluta nitidez. Me veo allí sentada.

Los tres hermanos en la entrada de la casa, con la enredadera verde cubriendo el arco del portal
Poco después de la mudanza. Mis hermanos y yo en la entrada de nuestra nueva casa — con la enredadera que cubría el arco del portal y que tanto enamoró a mi madre.

Era increíble pensar que una casa tan enorme y hermosa fuese nuestra. Era tan inmensa a nuestros ojos. La Señora N. (propietaria anterior) había dejado en el garaje los muebles que no podía portar o que ya no necesitaría. Muchos de ellos fueron valiosos y útiles para nosotros a fin de llenar esos grandes espacios de los que ahora disponíamos.

Fotografía de principios de los años 70: madre, tía y amiga sentadas en el muro del jardín, con minifaldas a la moda de la época
Poco después de la mudanza. Mi madre, mi Tía R. (quien vivió algunos meses con nosotros) y C. (en ese entonces novia del menor de mis tíos maternos, quien le comentó a mamá de una hermosa casa en venta en aquella localidad). Todas vestidas con minifaldas muy a la usanza al inicio de los 70´s.

Mi madre se enamoró de esa casa y, haciendo uso de los beneficios que otorgaba la institución donde trabajaba mi padre, adelantó las diligencias pertinentes y adquirieron esta propiedad. Para el año 1969, cuando llegamos allí, San Felipe era un barrio hermoso.

La casa

Nuestra casa era preciosa e inmensa: doce metros de frente, un pequeño muro blanco de aproximadamente 60 cms de altura que separaba la acera de nuestro jardín; una fachada hermosa con una enredadera muy verde y tupida.

Al ingresar, a mano izquierda, un salón enorme; luego una zona con una bellísima y altísima chimenea en piedra — siempre lo llamamos el bar —, y de allí a la derecha se hallaba el comedor, con espacio para una mesa de 12 puestos, que comunicaba por una puerta lateral con un pequeño corredor que daba acceso a la cocina (que era enorme), al cuarto de servicio que tenía su propio baño, y a un patio abierto con una enorme alberca de piedra que, para mí y mis hermanos en aquel entonces, se convirtió en nuestra piscina privada y particular.

Volviendo a la puerta principal, a la derecha se encontraba el baño de visitas (sólo contaba con inodoro y lavabo), y luego unas escaleras de madera con alfombra roja en su centro, que desembocaban en la segunda planta en un rellano que conducía a las habitaciones.

Segunda planta

A mano izquierda, la habitación principal con un closet empotrado en la pared. De frente al rellano, la habitación que fue mía y de mi hermana hasta la adolescencia. Tenía una ventana que daba a una terraza, un saledizo en la construcción original que en ese entonces no tenía un acceso directo: simplemente se miraba allí ese espacio, pero no había forma de acceder a él. Con los años mi madre lo transformó en un segundo baño y un patio auxiliar.

Tornando al rellano del segundo piso, girando a mano derecha había un inmenso corredor. Lo primero que encontrabas era el único baño con ducha y tina de la casa; a mano izquierda, una ventana de madera de 4 cuerpos que miraba al patio interior del primer piso, y desde donde podían contemplarse las ventanas interiores de las casas vecinas.

Luego tres habitaciones más: la primera, a mano derecha, la habitación que inicialmente fue del hermano menor de mi madre — amplia y con closet empotrado en la pared, nada usual en aquella época en la que se utilizaban armarios; la segunda, al fondo a la izquierda, la de mi Tía R.; y la tercera, al finalizar el corredor, inicialmente fue la de mi hermano mayor y tiempo después la utilizamos como cuarto de TV.

Hasta el año 1977, cuando mi madre amplió la casa: construyó otro garaje, levantó la verja, cerró el patio interno, tumbó la alberca, creó un saledizo en madera sobre el patio interior — la zona de las hamacas, como la llamamos —, una escalera auxiliar que desembocaba en el patio del primer piso, y construyó una fuente de piedra en el jardín. Eso da para otra historia.

Lo importante y valioso de este relato es que, volviendo al punto inicial, para mí, para mis hermanos, nuestra casa de la calle 74 será siempre nuestra.

Allí transcurrió nuestra infancia y adolescencia; nuestros recuerdos están inexorablemente vinculados este lugar. Aún hoy en día, después de más de 30 años vividos fuera de ella, en mis sueños siempre aparece. Es mi referente de hogar, de familia. Es mi eterno retorno.

Ya contaré de nuestras navidades en el barrio, del colegio, de amigos, vecinos y juegos. Nuestras primeras fiestas, noviazgos, serenatas, la espera y nacimiento de nuestros hijos, toda una vida vivida y compartida en aquel espacio físico.

La casa en la calle 74 poco antes de dejar de ser de la familia, en 2017
2002. Aquella hermosa e inmensa casa de nuestra infancia y adolescencia ya no existe. Por razón del estado de salud de mis padres — ya no podían subir y bajar escaleras sin riesgo —, los convencimos de la necesidad de vender y, a finales del año 2017, dejó de ser de nuestra propiedad.

Lo único que interesaba para aquellos que la adquirieron era su dimensión; así que, en cuanto fue necesario, demolieron su estructura.

Físicamente ya no está, pero no importa. Para siempre será mía, nuestra. En mis sueños, en mis recuerdos, en mi historia, eternamente, eres, serás, mi casa, mi hogar.

Enero 2/2021

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