Auténtica devoción
Creo sinceramente que no conozco una devoción más noble, fiel y leal, que la de mi padre por San Antonio de Padua.
Creo sinceramente que no conozco una devoción más noble, fiel y leal, que la de mi padre por San Antonio de Padua. Recuerdo desde niña una figura de este santo, colocada en una pequeña repisa al interior de su closet e iluminada por una velita eléctrica. Hoy, más de medio siglo después, sigue acompañándolo colgada sobre la cabecera de su cama.
Según entiendo, su hermano mayor, el Tío Rubín, lo llevó en su juventud a Fosca (un pueblo del departamento de Cundinamarca, cercano a la ciudad de Cáqueza donde nació mi abuela materna, Sara Reina Reina, y cuya parroquia está consagrada a San Antonio). Desde entonces y para siempre se convirtió en su más ferviente devoto.
Aún a la altura de sus 90 años lo primero que hace al despertar, y en la noche antes de irse a dormir, es rezar. Guardo en mi corazón esa imagen que encuentro en las mañanas cuando estoy en mi ciudad natal, y voy a su cuarto a darle los buenos días: absorto en la lectura de sus oraciones. Todos los meses hace la Novena de San Antonio, (la inicia religiosamente cada 4 del mes, y todos los trece asiste a la Eucaristía en honor de su santo). La fiesta de este Doctor de la Iglesia es el 13 de junio.
Los testimonios de su devoción son incontables pues no hay un solo asunto, tanto propio como ajeno, y especialmente los relacionados con sus hijos, nietos o familia, que mi padre no coloque bajo el amparo y protección de su santo de cabecera. Para mí, el más hermoso y emotivo es el relacionado con el nombre de mi hermano…. Cuando en el mes de abril de 1962 mis padres se hicieron novios, papá le prometió a San Antonio que, si se casaba con mi madre, a su primer hijo le pondría por nombre Antonio.
Y así fue. Mis padres contrajeron matrimonio el 22 de diciembre de 1962 y mi hermano mayor Samuel Antonio nació en noviembre de 1963. Mamá me contaba que solo se enteró de esta promesa estando ya casada y embarazada, y rogaba porque el hijo que esperaba fuese varón, pues no deseaba que una hija suya se llamase Antonia. Por aquel entonces solo era posible conocer el sexo del bebé cuando nacía.
En el año 2012 nos trasladamos a Milán, Italia, y en el mes de noviembre de regreso de nuestro viaje a Venecia hicimos escala en Padova (Padua). Por supuesto tenía que visitar la Basílica y la Plaza del Santo. La emoción que sentí al recorrer por vez primera estos lugares fue enorme, aunque no dejaba de pensar que quien debería estar allí era mi padre.
Por fortuna, la vida nos regaló esa oportunidad. En junio del año 2019 viajó a Europa a visitarnos a mi hermano menor en España y a mí en Italia. Fue así como pudimos pasear juntos por varias ciudades de la bota itálica, y como no podía ser de otra manera, nuestro primer destino fue Padua.
No encuentro la forma adecuada de expresar con palabras lo que significó recorrer juntos la basílica, ver su gesto de incredulidad y respeto al tocar la tumba donde reposan los restos del santo; contemplar su expresión de admiración y asombro al visitar la Sala del Tesoro donde se exponen las reliquias y objetos que pertenecieron a Antonio de Padua.
Cuando recorrimos el jardín de la basílica, que es en realidad el patio del monasterio de los franciscanos en esta ciudad, se sorprendió y emocionó al encontrar una estatua de bronce de San Antonio y el Niño Jesús realizada por el escultor italoamericano Lorenzo Quinn. Es uno de sus recuerdos preferidos del viaje. Siempre comenta que lo que más le llamó la atención es que la mano de San Antonio luce deslustrada al haber sido tocada por tantos miles de peregrinos y devotos.
Al llegar a la tienda de recuerdos, productos y souvenirs de la basílica, parecía un niño en una juguetería. No sé cuántos llaveros, estilógrafos, pulseras, imágenes de San Antonio compró en esa ocasión, y desde entonces cada vez que yo visitaba esta ciudad tenía una lista de encargos. Es feliz promulgando la devoción a su santo. Ahora que es posible adquirir fácilmente este tipo de productos vía online y con entrega a domicilio, tiene siempre a mano llaveros que regala y reparte a todo amigo o conocido.
Siempre quiso donar una imagen de gran tamaño a la parroquia de nuestra localidad, San Pedro Apóstol, así que en el año 2020 le encargó a mi hermana menor la consiguiera. La efigie deseada fue encontrada en un taller de arte religioso de la ciudad de Medellín y cuando arribó a Bogotá fue entregada al párroco titular del momento.
Pasaron varios meses sin que nadie diera respuesta de en qué fecha se colocaría el santo en su peana. Finalmente, una de las colaboradoras de la casa parroquial informó que al cura le parecía que a la figura le faltaba brillo. Mi hermana se dio cuenta de que en realidad no tenían la más mínima intención de colocarlo en el templo, así que agarró su santo y se lo llevó al piso de mi padre. Al inicio estuvo en el salón, luego lo colocaron en una de las habitaciones, hasta que papá manifestó que veía muy solo a San Antonio en ese lugar y pidió lo llevaran a su cuarto. Así fue como en definitiva y con la ayuda de uno de mis cuñados, se instaló el pedestal y se entronizó a San Antonio en el templo de nuestro hogar, la habitación de nuestro papito.
Durante mi estadía en Bogotá en noviembre del año pasado, a donde viajé junto con mi hijo Danny a fin de asistir a la celebración de su Nonagésimo cumpleaños, una tarde cualquiera mientras conversábamos me preguntó: mija* ¿Será cierto que cuando uno muere, los familiares o cercanos ya fallecidos salen a nuestro encuentro? ¿A mí quién saldrá a recibirme? Con total y absoluta certeza le respondí:
Papi, el primero que saldrá a tu encuentro será San Antonio. No me cabe duda de que así será.
*«Mija» es una contracción afectuosa de la expresión «mi hija» que se emplea de forma popular para dirigirse a una mujer con la que se tiene confianza.
Agosto 28/2026