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Juanes · Milán, 28 de agosto de 2019

Lo que no tiene nombre

Ahora, en este momento tan doloroso y difícil, esta es mi forma de desahogo, de catarsis: una carta a Juanes, a un año de su partida.

Juanes de pie en un mirador al atardecer, La Macarena, 13 de abril de 2018
La Macarena. 13 de abril de 2018.

Ahora, en este momento tan doloroso y difícil, al tener que vivir y enfrentar el duelo por la prematura, inesperada, trágica, partida de mi hijo mayor, esto es lo que hago, esta es mi forma de desahogo, de catarsis. Para ello me valgo además de mi relato fidedigno de los acontecimientos, de la mención de textos escritos por algunos de mis autores favoritos o con quienes me identifico plenamente ante esta situación (la muerte de un hijo o un ser muy querido).

Pocos días después de tu fallecimiento volví a releer con avidez los libros de los que tenía conocimiento, por haber sido escritos por madres que habían perdido a sus hijos (Paula de Isabel Allende; Lo que no tiene nombre, Piedad Bonnett). Mi marido me criticó diciéndome que estaba escarbando en mi herida, que no era sano lo que hacía.

No entendía que para mí era necesario, fundamental, encontrar esa identificación, ese saber que no era yo ni la primera ni la última madre en el universo, en pasar por el hecho contundente y devastador de perder un hijo. Tal vez, como dice el refrán: «Mal de muchos, consuelo de tontos». Pero ese era un consuelo que yo necesitaba.

Y en esos textos y palabras pude encontrarme, identificarme y expresar el dolor que roía mis entrañas:

«En la dimensión del cosmos y en el trayecto de la historia somos insignificantes, después de nuestra muerte todo sigue igual, como si jamás hubiéramos existido, pero en la medida de nuestra precaria humanidad tú, Paula, eres para mí más importante que mi propia vida y que la suma de todas las vidas ajenas.»

Isabel Allende, Paula, pág. 87

Igual es para mí Juanes, desde el día en que supe que estaba embarazada, que te alojabas en mi vientre, y que Dios me había concedido el enorme privilegio de participar en la creación dando vida a un nuevo ser, te convertiste en el principio y el fin de mi mundo de mil maneras. Dios es testigo de ello. Te amé, te adoré desde el primer momento.

«Este libro es el intento de dejar un testimonio de ese dolor, un testimonio al tiempo inútil y necesario. Inútil porque el tiempo no se devuelve, ni los hechos se modifican, pero necesario al menos para mí…»

Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, pág. 232

Lo mismo pienso y siento. Si no expreso este dolor, si no puedo sacarlo de mi alma, de mi cuerpo, no podré seguir viviendo. Pesa demasiado. Hoy hago mías estas palabras y comienzo mi relato al igual que Isabel Allende en Paula, como si se tratase de una carta.

Mi Juanes

Dentro de una semana tendrá lugar la ceremonia eucarística en la que pretendo rendir homenaje a tu memoria a un año de tu partida física. Un año. Una vuelta al sol, 365 días sin ti, sin tu acostumbrada presencia, sin tu risa, tu intensidad. Reviso mis mensajes y veo lo que me escribías, tus continuas llamadas a través de Messenger y WhatsApp pidiendo hablar conmigo o con tu hermano (permanecían conectados en promedio siete horas diarias y muchas veces me quejé de que me llamaras a mí para ser simplemente la intermediaria entre ustedes dos). Y ahora, sólo silencio, solo vacío, sólo nostalgia, sólo extrañarte, sólo formular preguntas sin respuesta. Y como bien dice Isabel Allende, eres, has sido, siempre fuiste para mí, más importante que mi propia vida.

Juanes sentado en un banco, en un paseo cubierto de hojas de otoño. Aranjuez, noviembre de 2010
Otoño en Aranjuez. Noviembre de 2010.

La predicción de tu fatídico destino te había sido hecha en dos ocasiones diversas. Siempre las descalifiqué y te dije que carecían de valor; mi fe católica así me lo había enseñado, pero me equivoqué, lamentablemente los presagios resultaron ciertos y el vaticinio se cumplió. Moriste muy joven en un accidente trágico. Me parece verte como si fuese ayer, cuando me dijiste sentado a mi lado en el cuarto de televisión de nuestro piso en Milán: «Mamá, por segunda vez me pronosticaron que voy a morir muy joven en un accidente».

Acababas de regresar de tu viaje universitario al Amazonas y el chamán de la tribu Tikuna que conociste y en la que te bautizaste —incluso te mandaste a tatuar como uno de ellos—, pronosticó tu prematuro y trágico fallecimiento. Desde que estabas en mi vientre te había consagrado a la Virgen de Chiquinquirá (Patrona de Colombia), y para mí eso era un seguro contra todo riesgo, pero resultó que el nefasto augurio se cumplió. Por encima de mis creencias, de mi negación de la realidad, encontraste la muerte en un trágico accidente al amanecer del 4 de septiembre del 2018 junto a tu novia y tu cuñada, quien acababa de graduarse con tesis meritoria como politóloga de la Universidad Militar Nueva Granada.

Ese lunes 3 de septiembre me llamaste como todos los días al despertarte para que te acompañara a desayunar. Me comentaste que era el grado de I. M., pero estabas decidido a no asistir a la ceremonia pues habías peleado con D. el sábado anterior y en esta ocasión no estabas dispuesto a ceder frente a sus pataletas (como lo habías hecho en tantas ocasiones anteriores). Te sugerí que de ser ese el caso llamaras a tu cuñada, te excusaras con ella y te comprometieras a celebrar tan importante logro en un futuro. De hecho, en nuestro WhatsApp la pregunta que quedó eternamente sin respuesta, fue la enviada a las 11 pm hora italiana preguntándote: «Juanes, ¿al fin qué decidiste?».

La noticia de tu fatal accidente fue mi respuesta. Luego me enteré de que J. T., que no era tu amigo, simplemente un conocido (llevaba poco tiempo saliendo con I.), te había convencido de asistir al grado invocando tu solidaridad de género. Alegando que hasta ahora estaba conociendo a la familia de I., que por favor no lo dejaras solo en esa situación; que lo hicieras sólo por ese día y que luego tomaras la decisión que considerases conveniente respecto de ti y D.

Y tú, como era tu naturaleza, accediste a pesar de tu decisión inicial de no asistir. Fuiste solidario y eso te costó la vida. J. T. mismo me comentó que ese es un peso que cargará por el resto de su vida.

Pero eso no cambia nada. No cambia el hecho de que esa noche, por la imprudencia, la impericia, la negligencia de J. T., tu vida llegó a su final. No llevabas el cinturón de seguridad, ¿cuántas veces fue una pelea con tu padre el enseñarte que todos los pasajeros de un coche lo deben portar? Ya nada de eso importa. Hay una sola realidad. Tu muerte física. La noticia inapelable y contundente: «Juanes falleció».

Continuará…

Agosto 28/2019

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